El ermitaño

              A veces sube a escribir, pero no escribe una sola línea. Sube a su terraza con el ordenador y un cortado muy caliente e intenta escribir, pero no escribe. Cuando eso ocurre, le resulta inevitable comprobar cómo el tiempo se le va mientras observa las azoteas, casi siempre vacías, de los vecinos o una hilera de hormigas que recorre laboriosa el suelo de baldosas. Una hora, dos horas, tres. Si escribir le causara placer, no miraría el reloj.

              No miraría la sierra si escribir no le doliese. Miraría la pantalla y escribiría sobre la sierra. Escribiría sobre esa sucesión desordenada y verde de montañas que se recorta contra el cielo azul del norte. Y sobre la ermita que corona una de ellas. Y sobre el hombre que vive en esa ermita.

              Un viejo carmelita que eligió distanciarse del mundo para siempre. Dejó las clases de latín que impartía y se recluyó en su celda blanca con camastro y escritorio de madera. Cada mañana, después de los rezos, se acerca al huerto y se entrega a sus labores. Mantenerse activo favorece la circulación y es bueno para las articulaciones. Habla solo mientras retira las malas hierbas. “Quien habla solo, espera hablar con Dios un día”. La vida es esperar, al fin y al cabo. De repente, se siente fatigado, agarra una caja de naranjas y la coloca boca abajo. Con cuidado, se sienta en ella y apoya la espalda contra el muro de piedra que sirve de frontera con el mundo exterior. Nunca le ha avergonzado tener dudas. Piensa que las personas seguras de sí mismas son soberbias y peligrosas. Quizás no todas, generalizar empobrece.

              En un momento dado, siente algo parecido a la angustia y decide ponerse en pie sobre la caja para poder mirar al otro lado. Ahora, frente a sus ojos, cayendo hacia al sur por la ladera, puede ver la ciudad. Ve también el alminar de la catedral, los techos rojos de la Facultad de Filosofía, los árboles del cementerio y los muros de ladrillo del que antaño fue su barrio. Mira los edificios y los parques y le parecen un decorado, una maqueta a tamaño real. Vacía, inerte y a punto de salir ardiendo. Se siente lejos del cielo, pero aún más lejos de aquel lugar que se le antoja inhabitable. Son ya casi quince años viviendo el exilio. Habitando en sí mismo.

              Antes de bajar definitivamente de las alturas y dirigirse de nuevo hacia sus aposentos, hace un último barrido con la mirada. Recorre con sus ojos cansados el trazado desigual de las calles, como tratando de recordar algo importante, como pretendiendo un encuentro inesperado que le ilumine el día. No lo consigue. Es imposible. Quizás con una vista más poderosa, como de águila, lo hubiese advertido. Hubiese podido ver la terraza, al hombre sentado, el ordenador e incluso el vaso. Hubiese visto a ese hombre intentando escribir durante horas y en un gesto sutil y desencantado, levantar la mirada hacia la sierra, hacia la ermita, hacia el huerto, hacia otros ojos cansados. Mirando como quien espera convertirse en lo mirado. Esperando como espera el ermitaño.

Pedro J. Lacort