Silencio

Robert Walser es hijo de comerciantes de clase media venidos a menos. Dos de sus siete hermanos son esquizofrénicos y uno de ellos acaba suicidándose. Su madre no soporta el declive económico de la familia y se sume en una profunda depresión que parece ser el prefacio de su temprana muerte. El joven escritor queda para siempre marcado por esa pérdida y comienza su errático peregrinaje por Europa. Se muda mil veces, quien sabe si buscando un hogar definitivo o un giro repentino que haga habitable vida. Malvive en Basilea, en Zúrich, en Viena, en Stuttgart, en Múnich, en Berlín, en Ginebra y en Berna. Hubiese querido dedicarse al teatro, pero en cambio ejerce como oficinista, contable, publicista y mayordomo. Intercala la escritura con el desempeño de todos estos oficios, hasta que en 1898 seis de sus poemas se publican en el suplemento dominical del periódico Der Bund y toma la decisión de dedicarse a la escritura.

Diferenciada en varias etapas y ubicada en distintas ciudades, su producción literaria se va desarrollando durante los siguientes treinta años. Intenta, sin conseguirlo, alejar su propia angustia vital de los textos que escribe. En ellos, el optimismo resulta irónico y el único hogar posible es el desarraigo. Él es el escritor solitario y atormentado por antonomasia. La locura y la muerte le circundan constantemente, pero siempre parece esquivarlas. Publica más de veinte obras y se convierte en ejemplo y referencia posterior, entre otros, para el mismísimo Kafka, que recitaba su obra de memoria.

El 19 de junio de 1933, tras varias crisis y dos intentos fallidos de suicidio, Walser ingresa voluntariamente en el manicomio de Waldau. A partir de esa fecha, el escritor abandona para siempre la escritura y empieza un pretendido proceso de desaparición. Como si prefiriera nunca haber sido. Se convierte en un enfermo modélico y se adapta por completo a las rutinas del sanatorio. Come, fuma con fruición y pasea. Sobre todo, pasea, que es lo que hace la gente que quiere huir de sí misma.

Acudo a internet para saber un poco más sobre el protagonista de la foto que ilustra este artículo. Solo encuentro datos biográficos mejor o peor redactados que ahora traigo aquí como contexto. Datos que hablan de la persona que un día fue Robert Walser, pero que están muy lejos de guardar relación alguna con la figura negra que yace sobre la nieve en esta instantánea que conozco dese hace años, pero que nunca deja de impresionarme.

La mañana de Navidad de 1956, como todas las mañanas, el escritor sale a caminar por los alrededores del internado. En un momento dado, en mitad de la soledad, su corazón se para y su cuerpo inerte cae como fulminado por un rayo. Dos niños lo encuentran pocas horas más tarde y alguien toma la mítica fotografía.

Cuando la miro, veo la muerte y el misterio. Siete pares de pisadas y un cuerpo tendido bocarriba. Una mano a la que se le escapa un sombrero. Todos los colores resumidos en el blanco y el negro. Nadie ha visto aún su gesto dramático y mal entendido. Durante un lapso de tiempo indeterminado, el cadáver yace en mitad de la llanura emblanquecida sin perturbar lo más mínimo la alegría de las celebraciones navideñas. Los niños juegan y los mayores beben junto al fuego. Las casas huelen a carne asada y pan caliente y los animales descansan guarecidos en sus establos. Nada ha ocurrido de momento, salvo la lógica abrumadora. El hombre que eligió el silencio ha muerto sin hacer ruido.

Años antes, en su novela Los hermanos Tanner, el autor profetiza su propia muerte con estas palabras: “Con qué nobleza ha elegido su tumba. Yace en medio de espléndidos abetos verdes, cubiertos por la nieve. No quiero avisar a nadie. La naturaleza se inclina a contemplar a su muerto, las estrellas cantan dulcemente en torno a su cabeza y las aves nocturnas graznan. Es la mejor música para alguien que no tiene oído ni sensaciones”.

Pedro J. Lacort