Señales

Las fotografías mediocres imitan a las miradas. Las fotografías inolvidables son miradas. Yo soy un mal fotógrafo, pero de vez en cuando sé mirar, y aquella mañana en una habitación blanca pegada a una ventana enorme, mire todo lo que estaba al alcance de mis ojos y todo lo que no. La luz entraba sin hacer ruido. Creí oportuno capturar aquel momento.

              Iluminado bajo el sol del mediodía, refulgía el letrero rojo de una vieja tienda de electrodomésticos que despertó en mi cabeza un recuerdo de la adolescencia. Aquella cadena de tiendas solía emitir un anuncio en los cines de la ciudad, una voz en “off” repetía la marca “Urende” una y otra vez con aire grandilocuente y los chavales en la edad del pavo respondíamos en voz alta “Urende no vende”. Me acordé del cine Alkázar y de aquella vez en la que tanto mi padre como yo ganamos la quiniela de los Oscars y tuvimos entradas gratis para un año entero. 1997. Vi más de treinta películas aquel invierno, pero paradójicamente solo recuerdo las dos peores. Exceso de equipaje con Benicio del Toro y Alicia Silverstone y Spawn vete tú a saber con quién.

              El día que tomé la fotografía el despertador sonó especialmente temprano. Tenía una larga jornada de trabajo por delante. Llevaba semanas planeándolo todo, limando aristas, ensayando. A eso de las siete y media ya estaba todo preparado para empezar. Teníamos que grabar unos vídeos de formación. Todos mis compañeros estaban listos y repasaban el guion que yo mismo había preparado y corregido hasta la misma noche anterior. Los técnicos afinaban su equipo de grabación, y mi teléfono, convenientemente aparcado en la taquilla para evitar interferencias, no dejaba de vibrar.

              Casi una hora después, cuando todo se desarrollaba según lo previsto, el timbre del teléfono fijo de la planta baja sonó una vez, pero no le hicimos caso. Era temprano, alguien se habría equivocado. Sonó dos veces y exclamé bromeando: “¡quién es el degenerado que llama a estas horas!”. Sonó tres e interrumpí a todos, bajé las escaleras y lo descolgué. Eran las nueve de la mañana. Mi mujer estaba de parto.

              No tenía el coche y fui andando hasta casa. Casi corriendo. Lo suficientemente rápido para llegar cuanto antes, pero sin parecer un demente. Por el camino, mi cabeza daba vueltas a asuntos de todo tipo. La vida había fijado las prioridades. Avisé a los jefes y me entregué a lo que estuviese por venir.

              Llegué a casa y encontré a la protagonista fregando los platos y traspasando unas lentejas de la olla a un “tupper”. Después, apoyada con una mano en la encimera de la cocina y con la otra sobre el riñón izquierdo, alejaba una contracción a soplidos. Como cuando los niños soplan a las nubes para alejar la lluvia de su barrio.

– ¡Nos vamos! – le digo. – Saca antes a la perra. – Me contesta. Yo queriendo agarrar el milagro con las manos y ella con los pies en la tierra. Nos fuimos. El Ford Fiesta negro por la circunvalación con marcha acompasada y eficaz. Puse la radio local y no pareció molestarle. – ¡Vamos por urgencias!  – ¿Seguro que es por urgencias? – Maldita sea, no se me ocurre nada más urgente que esto. Le colocan la pulsera, pero no sabemos si el momento es ya o es una falsa alarma, aunque desde luego, todo apunta a que es ya. Nos sientan unos minutos y enseguida pasamos. Conectan un ordenador a su enorme barriga y trato de mantenerla en calma diciendo cosas que yo mismo necesito escuchar. Salgo al pasillo y solo veo normalidad en los rostros del personal. Ellos no recordarán este día. Yo lo recordaré siempre. Apenas hemos llegado al mediodía y ya soy consciente de eso. – Estás de cinco centímetros. Vamos a empezar.

Eran las doce y media cuando entramos a aquella habitación luminosa y desinfectada. Nos dejaron solos un momento. Ella ya tendida en la camilla. Serena, paciente. Yo anduve hasta la ventana atraído por el calor de la luz como una polilla y miré los huesos de aquella tienda de electrodomésticos abandonada como una ballena en la orilla, y pensé en el cine y en mi padre y en todo lo que habíamos pasado en el presente año. Este año lleno de años. Y en que quizás nos mereciésemos, por fin, una buena noticia. Como si esas cosas se mereciesen o no, como si la vida llevase la cuenta o existiese algún mecanismo ancestral de reparación del dolor. No funciona así.

Antes de comenzar, el matrón nos dijo que para hacerlo todo más llevadero iba a poner música, siempre con nuestro permiso. Permiso concedido. Primera canción: Sittin’ On The Dock of The Bay de Otis Redding, canción oficial de la familia. Le pregunté si era intencionado y me dijo que no. Nunca he creído en las señales, pero por si acaso, pregunté.

Todo transcurría muy rápidamente. El ginecólogo miraba al matrón, el matrón miraba la barriga de mi mujer y mi mujer me miraba a mí. Me miraba y apretaba mi mano con una fuerza que me hacía sentir suyo. Entre sus esfuerzos encontré algo parecido a la fe y apretamos juntos hasta que pude ver su cabeza. Lloré dos lágrimas, una de ilusión y otra de reconocimiento. Luego salió definitivamente al mundo Alejandro y nos sumergimos en una burbuja, ajenos a la burocracia del hospital. Ella cansada, pero en paz y yo enamorado y agradecido. Alrededor todo eran datos y protocolos. El ginecólogo cosía, la pediatra comprobaba y la auxiliar adecentaba. Hora del nacimiento: 16:08 dijeron. 7 de octubre de 2020. Siete, número sagrado. Empezaba a perder el miedo a los números impares.

              Aproveché un momento de sosiego para informar de la esperada noticia a la abuela materna, le digo que ya es abuela y me contesta que el 7 de octubre es el día del Rosario y que seguro que la abuela Charo ha tenido algo que ver. Más señales. Me acuerdo entonces del Predictor bajo la foto de mi madre, y de aquella videollamada en la que me confirmabas el embarazo, y de aquel viaje de vuelta de Huelva en el que la carretera salió ardiendo y yo recé por primera vez desde mi comunión para poder regresar y abrazarte.

Ya por la noche, en un momento recóndito de aquella primera noche, mientras Alejandro y tú sucumbíais al cansancio, yo aproveché para contestar todos los Whatsapp de felicitación, cientos de ellos. La gente se vuelca con estas cosas. Amigos, familiares y compañeros de trabajo. A cada uno un comentario especial y diferente. Decidí que ya que me ponía, comprobaría también mi correo y los mensajes de texto. No quería globos rojos en la pantalla. Quería empezar de cero, en cierto modo. Casi dos horas después y cuando ya se me cerraban los ojos, vi un mensaje que se me había pasado. Era de hacía diez días aproximadamente. El remitente era Carrefour España y el mensaje decía así: “Enhorabuena, Beatriz. Esperamos que te guste este regalo”. En su día yo heredé el número de móvil de mi madre y en ocasiones, me llegan este tipo de mensajes promocionales. El capitalismo no distingue entre vivos y muertos. No le di mayor importancia, cerré los ojos y se me agolparon los recuerdos en los párpados. El niño empezó a llorar, la madre le dio de comer y la habitación volvió de nuevo a la calma.

Antes de quedarme dormido, pensé que debía escribir algo sobre aquel día inolvidable y me puse a anotar posibles ideas. Revisé entonces la galería y vi la foto, vi la ventana, vi la tienda abandonada de electrodomésticos y me asaltaron las preguntas: ¿cuántos días puede recordar un hombre al final de su vida?, ¿dónde van a parar el resto? ¿Ninguna película decente en 1997? Me puse a escribir intentando hallar las respuestas, pero no lo conseguí. A las siete de la mañana me desvelé y vi que la luz prudente del amanecer recortaba la silueta de una mujer con su hijo arrullado sobre el pecho. Comprendí que había sido padre y se me dibujo una sonrisa furtiva en la cara. En aquel mismo instante dejaron de importarme una cantidad inimaginable de cosas.